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domingo, 21 de agosto de 2011


Escucho la lengua muerta del silencio.
Dejo mi sangre caer por el rostro.
Anhelo el aroma de la muerte, que poco a poco se torna solida en mi vida.

Contemplo como se pudren las miradas que una vez me amaron.
Como se ciernen tus brazos alrededor de mi cintura, a veces como una cadena,
otras como una suave seda que acaricia y ama cada centímetro de mi piel.

Siento el peso de los años y el cielo se enturbia,
presagiando una tormenta de lágrimas y gritos agónicos que estallarán en la noche.

Cuchillo en mano no puedo mutilar el recuerdo pero mi piel se cubre con el dulce néctar de la sangre
El viento agita a las animas junto a mi ventana y siento tu presencia junto a mi

Cuando tu esperanza muera y su cadáver sea la bandera que alzas día a día sobre el gélido viento,
quizás entiendas mis silencios.

Cuando la noche caiga y cierres los ojos sin anhelar el mañana, sin tener fe en el rumbo que toma tu vida.
Sin importarte el vacío que poco a poco se ha forjado en tu corazón.
Entenderás el por que de mis palabras.

Quizás algún día mis manos y mi mente estén tan lejos que nadie me recuerde.
No será una huida, nadie lamentará mi ausencia.
Nadie llorará mis alegrías ni aplaudirá mi fracaso.

Mi piel será el manjar de un millar de gusanos, que llenaran mi boca como los sentimientos llenaron un día mi corazón.

Sera el recuerdo de tu rostro lo que mis ojos contemplen al morir.
Fue mi sangre lo que llenó tu copa, mi piel el pan de tu mesa.

Muerta me hayo al despertarme cada día, para respirar la putrefacción del ser humano que se devora continuamente a si mismo.

Es sangre la tinta con la que trazo lo que perdura un beso o un abrazo.
Nada puede calmar mi agonía así como nadie silenciara el grito gutural que se esconde en mi garganta...

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